La Tarima de Profesor secundario
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El tren de los Marx
¿Qué ocurre cuando un gobierno, para mantenerse en el poder, comienza a destruir las instituciones que debería proteger?
En una de las escenas más memorables de los hermanos Marx, un tren continúa su marcha mientras sus pasajeros desmontan los propios vagones para alimentar la locomotora. Lo importante es seguir avanzando, aunque para ello sea necesario consumir el tren entero. Esta disparatada escena constituye la metáfora perfecta de la España de Pedro Sánchez: un país cuyas instituciones, leyes y principios democráticos estarían siendo sacrificados para garantizar la supervivencia política de quienes lo gobiernan.
El tren de los Marx es un ensayo político incisivo, irreverente y sin concesiones que disecciona los mecanismos del socialismo contemporáneo y denuncia su transformación en un sistema de poder donde la corrupción, la propaganda y la manipulación ideológica han sustituido a los principios democráticos. A través de diez capítulos, el libro aborda la corrupción política, la ocupación de las instituciones, el control del relato mediático, el deterioro del Estado de derecho, la inmigración, el feminismo, la educación, la familia y la progresiva desaparición del mérito y la responsabilidad individual.
Porque el verdadero peligro no es que el tren descarrile, sino que, cuando finalmente se detenga, ya no quede nada de él.
Por si viene alguien
Para saber que la familia es la principal institución educativa basta con observar los devastadores efectos de cuando falta. Como profesor de adolescentes veo a diario ejemplos de la pérdida, del abandono, del desapego o de la simple dejadez familiar: niños perdidos que vagan sin rumbo claro, cuerpos inquietos que buscan continuamente en los demás la atención que no encuentran en casa, pequeños déspotas que confunden autoridad con autoritarismo porque nunca han conocido una guía que sea firme, pero a la vez afectuosa.
No todos somos padres, pero todos somos hijos y lo aprendido en el hogar forma la base a partir de la cual nos construimos como personas. La familia enseña a proteger y a sentirse protegido, a tender la mano antes de que el otro la pida, a comprender que el bienestar individual está íntimamente ligado al bienestar del resto, que el error es parte esencial del acierto y que siempre es posible volver a empezar.
Aparte, hay quienes además de hijos gozamos también del privilegio de ser padres. Y en la paternidad el aprendizaje se multiplica: así como nuestros ancestros reafirman nuestra individualidad, al mostrarnos lo importantes e insustituibles que somos, nuestros descendientes nos orientan hacia el saber que lleva aparejada la renuncia a eso que somos y su sustitución por lo que serán. Ese acto de sublime trascendencia.
Cuando la familia cumple su función, la sociedad entera se fortalece. Y cuando falla, el vacío se hace perfectamente visible en las calles, en las aulas y en las instituciones. Ninguna estructura política, si es que pretende ser fuerte y útil, puede esquivar ese primer espacio que nos dio nombre y forma. Los enemigos de la familia son los mayores enemigos de la sociedad, aquellos que pretenden destruirla para quedarse con sus despojos.

Fuego sagrado:
El valor educativo de la tradición
En el debate público contemporáneo, la palabra "tradición" ha adquirido un matiz peyorativo. Se la asocia con el inmovilismo, con un pasado que debe ser superado o, peor aún, con una herencia opresiva que conviene demoler. Mientras tanto, el concepto de "memoria" ha sido elevado a categoría sagrada, dotada de una autoridad moral que ya no se somete al juicio crítico, sino que se impone como relato incuestionable.
Este contraste no es inocente. La memoria que se exalta hoy es muchas veces una memoria amputada de sus raíces, ajena a la tierra que le da sentido. Como escribió Unamuno, “la memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo”. Separar ambas dimensiones no solo es un error teórico; es una mutilación cultural. Porque si la memoria tiene algo que recordar (algo sólido, duradero, transmisible) es gracias a la tradición. Solo una sociedad que se reconoce en su legado puede construir una memoria auténtica, no una sucesión de efemérides ideologizadas ni una cadena de agravios reconfigurada según las modas del presente. La tradición no es un lastre, sino una estructura de sentido que nos permite interpretar lo vivido, proyectarlo y transmitirlo.
Vivimos un tiempo en el que, en nombre del progreso se derriban símbolos, se reescriben episodios, se condena el pasado por no estar a la altura de nuestros criterios actuales. Se actúa como si la historia comenzara cada mañana y la identidad pudiera reinventarse a voluntad. Pero una memoria sin tradición es solo una técnica del resentimiento: una forma de manipular el pasado para justificar el presente. Y una tradición sin memoria se convierte en ritual vacío, en cáscara sin alma. Solo cuando concurren una y otra (como el árbol y sus raíces), tradición y memoria pueden sostener una cultura verdaderamente firme y verdaderamente humana.

El PSOE, lejos de ser un partido político al uso, se ha convertido en una estructura enquistada que sobrevive gracias a un ecosistema conscientemente viciado. Si fuera una organización normal, sus escándalos de corrupción habrían desencadenado no solo un aluvión disculpas públicas y la convocatoria inmediata de elecciones, sino también el inicio de un proceso interno de refundación. Si este PSOE en ruina moral se sostiene es debido a un núcleo de votantes que, movidos por un rechazo visceral a cualquier alternativa, ha aprendido a alimentarse de su podredumbre. Este colchón electoral, infestado de garrapatas, pulgas y otros parásitos que se alimentan de lo público, ha transformado al partido en una maquinaria de redistribución interna de la riqueza nacional y de participación en los privilegios adscritos al ejercicio del poder. El PSOE no es un partido que busque regenerarse, sino un organismo saprótrofo que prospera en la descomposición e incapaz de sobrevivir en un entorno de transparencia y aire puro.
La presencia de unos votantes fanatizados hacen que la regeneración del PSOE sea un proceso inviable: su estructura y su supervivencia dependen del mantenimiento intacto de este hábitat corrupto. El partido carece del incentivo interno para la autocrítica o la renovación, ya que su base de poder se nutre de la incondicionalidad del apoyo al líder y de la dinámica de un sistema clientelar que premia la lealtad por encima de la ética. El servicio público puede que esté en los estatutos del partido, pero no en su práctica diaria ni en su perspectiva de futuro. El PSOE es un pantano político, un ente incapaz de adaptarse a las demandas de una democracia sana y transparente. Esta dinámica de autoprotección y resistencia al cambio no es un fenómeno nuevo, sino el resultado de décadas de consolidación de un modelo político que prioriza la perpetuación en el poder por encima de cualquier principio. Los escándalos, lejos de ser anomalías, son síntomas de un sistema que ha normalizado la corrupción como herramienta de cohesión interna.
El Gran Fraude:
De cómo el socialismo ha infectado tu mente

En Dioses de barro, Segundo Maestro (@profsecundario) disecciona a fondo la política socialista del siglo XXI, sus técnicas sectarias y su voluntad de colonización de instituciones y almas. Se trata de un ensayo contundente, provocador y sin concesiones que desnuda los mitos morales, las trampas retóricas y las contradicciones del socialismo contemporáneo.
El libro recorre el auge del populismo en España y la conversión del poder político en un ejercicio de supervivencia personal. Desde la instrumentalización de las tragedias hasta la erosión del Estado de derecho, Dioses de barro muestra cómo el socialismo ha pasado de prometer una utopía de emancipación a fomentar la dependencia.
Lejos de ser una mera crónica política, esta obra es también una reflexión cultural y moral sobre el presente: la manipulación de la ciencia, la idolatría del líder, el uso de identidades como arma política y la pérdida de referentes comunes que sostienen la convivencia democrática. El lector encontrará aquí argumentos incómodos, análisis afilados y una crítica frontal al consenso impuesto desde arriba.
Después de El gran fraude, este es el segundo título de la serie sobre el socialismo posmoderno. Dioses de barro es un libro dirigido a quienes se resisten a aceptar los dogmas sin examen y a quienes sospechan del poder cuando se disfraza de virtud.









