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La clase orgánica

hace 2 días
1 min de lectura

Entre otras muchas cosas, de mis años de profesor he aprendido que los niños son niños, pero que lo que se ve en el conjunto de la clase es extrapolable al comportamiento un adulto medio. Un adulto al que no se le puede tratar igual a primera hora de la mañana que a última, al que hay que halagar para poder sacar con él algo en claro o al que conviene dar protagonismo para no perderlo.


También he aprendido que las causas de los desastres, de la mayoría de ellos, nunca son unidireccionales: si algo no sale bien puede ser también porque no te lo has preparado lo suficiente, porque no has aprendido lo suficiente. Saber esto me ha servido para no ir de víctima y, sobre todo, para no entrar en ese círculo vicioso consistente en sacar rédito de los propios defectos y que, en última instancia, te lleva a potenciarlos. Esas relaciones que se alimentan de puro resentimiento. Esas insanas competiciones en cualquier momento sobre cualquier asunto.


Para estar en un aula o en una relación se requiere paciencia. Para estar feliz en un aula o en una relación es necesario un alto nivel de autocrítica y de humildad. La autoridad cuesta años ganársela, pero se puede perder en un minuto. Nada más tóxico que esas personas que sienten que, hagan lo que hagan, pueden permanecer cubiertas delante del emperador.

 
 
 

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