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La nación en armas

Es un error habitual, llevado en volandas por el viento flácido de la consigna, considerar que en los institutos no se educa, sino que se instruye. No es cierto, y cada vez lo es menos. En primer lugar, porque cada vez son más habituales los alumnos que llegan sin educar de sus casas, o cargados con esa "educación" consistente en dejarse arrastrar por la inercia hacia el vacío al que aspira nuestro sistema educativo y que permite prescindir de todo esfuerzo y competencia. En segundo lugar, y mucho más importante, porque la educación ha adquirido hoy más que nunca una función civilizatoria, haciendo de nuestras escuelas la punta de lanza de una nación en armas contra la invasión por parte de la barbarie, del fanatismo y la superstición.


Es en la escuela y, sobre todo, en los institutos donde nuestros alumnos deben aprender que no hay derechos sin obligaciones, que no hay libertad sin responsabilidad y que la vida del individuo en sociedad se basa en un contrato que exige sacrificios recíprocos. Estos principios, consolidados en nuestras sociedades occidentales desde hace siglos y tras mucha sangre vertida, no pueden retroceder ante los caprichos demográficos auspiciados por una élite política únicamente interesada en su propia supervivencia y reproducción. La diversidad solo puede ser una riqueza cuando su suma no resta y cuando la adaptación se realiza por parte de las culturas menos avanzadas en el sustrato de la cultura superior. Y esa debe ser la función primordial de nuestra escuela, unificar el cuerpo social bajo el manto de la tradición con la que más han prosperado los pueblos, evitando la creación de grupos cerrados y lealtades diversas incapaces de reconocerse en un proyecto colectivo.


Los profesores, por tanto, no somos solo transmisores de conocimientos académicos. Somos también representantes de las instituciones, servidores públicos y de lo público cuyo trabajo debe aspirar a sostener la vida en común. La tendencia contemporánea a vaciar nuestra autoridad, y a presentar toda exigencia como un acto de opresión, constituye el mayor acto de deslealtad de quienes elaboran las leyes sobre el cuerpo obligado a cumplirlas. Nuestra sociedad está amenazada, cuando no directamente rendida como vemos en los casos de Francia y Reino Unido. Ante esta lamentable realidad, la escuela no puede renunciar a su trascendental misión ni refugiarse en falsas neutralidades. Educar significa transmitir conocimientos, pero también valores, normas y referentes comunes que permitan la convivencia y la continuidad de la nación. Si abandonamos esa responsabilidad estaremos dejando a las generaciones futuras una sociedad más débil, más insegura y menos libre. Remedando aquello de Kennedy: "La pregunta no es qué puede hacer nuestro país por los profesores, sino qué podemos hacer los profesores por nuestro país."

 
 
 

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