El instinto memorístico
Los domingos, en la Plaza del Ayuntamiento de Alicante, nos reunimos un montón de padres con nuestros hijos para intercambiar cromos de fútbol. Algunos con la aplicación de móvil, aunque la mayoría aún con papeles escritos a mano, llevamos el recuento de los cromos que aún nos faltan y de los que tenemos repetidos. Pero mi hijo no necesita de esas ayudas. Su cerebro, todavía libre del exceso de datos que ha endurecido el nuestro, aún es capaz de reconocer los rostros de los futbolistas y pasa los montones de cromos rápidamente en busca de los que no tiene. "No necesita papel", digo sin poder evitar un deje de ingenua soberbia y orgullo de padre. "Se los sabe de memoria". Es sorprendente esa habilidad suya, y no es, ni de lejos, el único niño que la tiene. Los padres la hemos perdido, por supuesto, y ya nos podemos dar con un canto en los dientes si somos capaces de distinguir entre Joao Cancelo y Jules Koundé.
Por eso, no se entiende el desprestigio de la memoria y de la memorización en el sistema educativo. ¿Cómo es que no se aprovecha esa ventaja, sin duda evolutiva, que poseen los niños para retener y reproducir la información y convertirla en conocimiento? ¿Cómo es que se les niega, con peregrinas razones que solo conciernen a los adultos, poder utilizarla, exhibirla y obtener recompensa a través de ella? La memorización es un paso esencial para la obtención de los saberes, para asumirlos y poder avanzar al siguiente nivel, que es el del análisis y la crítica. La recuperación de la memoria como instrumento de aprendizaje, su rescate de ese cubo de la basura al que la han mandado décadas de pedagogía tóxica, se hace urgente para revivir nuestro sistema educativo y darles a nuestros jóvenes la posibilidad de aprender de nuevo de acuerdo con su propia naturaleza. La educación no puede estar desligada del extraordinario bagaje de capacidades que millones de años de evolución han inscrito indeleblemente en nuestros genes.




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