El castigo
Alguna vez lo he castigado, pero casi nunca. El castigo para él tiene una naturaleza exótica, tirando a supersticiosa, de ahí que cuando ha hecho algo malo su reacción ante mis reprimendas haya sido la de demandar, habitualmente entre lágrimas, la absolución a través de esa socorrida penitencia.
Y no. En mi familia no entendemos de ese tipo de transacciones. Un engaño no se paga con tres días sin móvil, una falta de respeto no se "cura" con una semana sin salir. Hay siempre algo torcido en el castigo, un atajo que facilita las cosas, tanto al que lo impone como al que lo recibe, pero que desvía la atención del núcleo del problema. Es la vergüenza, la sensación de haber traicionado la confianza, la percepción de deslealtad lo que más golpea, lo que más duele. Y el sufrimiento interior no se debe sustituir por un sufrimiento exterior, que acaba siendo algo muy cercano a la compra de impunidad.
El castigo puede servir como acto de compensación para quien se ve perjudicado por una falta y carece de otro medio de justicia, pero rara vez sirve para "reparar" al que ha faltado. En las familias, y sobre todo en la etapa de la crianza de los hijos, toda transgresión es una oportunidad para corregir los pasos y afianzar la autoridad, la verdadera autoridad, que acaso no sea sino otra forma del amor: la de quien ha mirado el mal a los ojos y sabe que no se le vence con amuletos.




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